Cuento: La última vez




Esa fue la primera y la última vez que le puse una mano encima, sí, me atreví a darle una buena bofetada. Me miró con los ojos llenos de odio. Con los ojos llenos de dolor y su expresión era dubitativa.
Retrocedí paulatinamente.
Toqué mi sien para pensar con la cabeza fría.
Tragué mis lágrimas amargas hasta el grado de querer morir.
Sentí la vergüenza cubriendo mi rostro.
Mi mano ardía por el por qué
Mi…
—¡Perdóname! —suplicó.
Le miré con más odio, como podía ser capaz de hacerme esto. ¡Dios! La amo pero jamás, podré perdonar una infidelidad, una forma tan vil de mostrar ante el amor. La peor vileza del hombre es engañar al corazón.
—Pudiste haber dicho: “Se acabó, ya no te quiero… Se acabó el amor”. Sin embargo, preferiste lastimar y engañar —hice una pausa.
Respiré. Aflojé mi puño, miré al frente y traté de perderme en el vacío.
—No sólo a mí, sino también a tu corazón, a tu amor, traicionaste lo correcto. Que es hablar. Dialogar. ¿Por qué mentir y engañar cuando se puede ser honesto y hablar?
Su mirada mostraba perplejidad. Estaba frente a mí, su rostro vislumbraba una marca rojiza. Su cabello estaba alborotado. Sus ojos decaídos. Triste. Su ropa mal puesta…
—Lo peor —dije sonriendo, olvidando un poco el coraje de hombre —, es que fue en mi cama, con… mi hermano. ¡Dios! Existe algo llamado moral, existe algo que se llama honestidad. Tú no lo valoras. Pero bueno. Quédate con la casa —dije con una sonrisa.
Estaba destrozada, quería tocarme y me alejé.
—¿Es en serio? —dijo sorprendida, confusa, sin comprender mis palabras.
—Sí, quédate con esta enorme casa. Quédate con TODO lo material de esta casa.
Ella mostraba un rostro ¿triste?… ¿sincero?… ¿alegre?… No encontraba la palabra que describiera sus sentimientos.
—Pero…
—Quédate con todo —afirmé mientras le sonreía, como olvidando todo —. Es por mi hermano, que le quiero mucho, y prometí a mi madre esta tarde antes de morir que le ayudaría y apoyaría...
—¿Qué? —me interrumpió.
—Venía a casa destrozado, había perdido a mi madre, intenté llamarte pero tu celular apagado. Intenté llamarle a mi hermano, tu gran amor, y tampoco contestó. Vine a casa, de rápido para poder explicarte lo sucedido y me ayudases a encontrar a mi hermano y… Bueno. Quédense con la casa.
Sollozó. Esta vez parecía sincera.
—Sean felices. Quiero verlos felices. Madre hubiese querido eso.
—¡No, escúchame…
—¡Basta! Me voy, que compraré una nueva casa. Tendré una nueva vida, lejos de ustedes, ahora que ya no me queda nada ¿por que quedarme? ¿que me detiene? Mi hijo y yo nos vamos, y jamás lo volverás a ver.


Prohibí la entrada a esos dos. Después tendrían tiempo de ir a visitarla al Campo Santo. Pero no los quería manchando la poca moral que quedaba de mí. Mi hijo estaba ahí a mi lado. Le di la noticia que nos marchábamos, a Londres, París, donde el quisiera estar, mi madre me había dejado una buena suma de herencia para poder viajar. Para poder empezar una nueva vida.
Así lo hice. Enterré a mi madre y me marché. Me fui de ese inmundo lugar. Mandé por mis cosas.
Mi hijo y yo íbamos a subir a bordo del avión, cuando se detuvo.
—¿Y mamá?
Su pregunta me sobrecogió.
—Mamá dijo que estaba indispuesta a marcharse hoy, nos alcanzará después. Se quedó a arreglar un asunto que tenía con tu tío.
—¿Lo de sus besos?
Intenté no caer al suelo, desmoronarme, perderme en un abismo de tristeza y dolor. Mi hijo, mi pequeño de cinco años era consciente de lo que hacía su madre. Me acuclillé. Le besé la mejilla y le abracé.
—Vamos, está por despegar el avión, después te explicaré ¿bien?
Asintió con una sonrisa pequeña y hermosa. Cuando subíamos las escaleras eléctricas y estábamos por entrar la vi. Venia corriendo. Venia hecha un paño de dolor. Un ser destrozado gritando. Golpeaba el cristal para decirme que me detuviera. Animé a mi hijo a subir y sentarse en el sillón.

Después lo último que vi antes de que se cerrase la puerta fue a mi primer amor siendo arrastrado por dos policías contra su voluntad lejos de mi vida, lejos de mi hijo, llevándosela lejos a un lugar donde nunca más volvería a engañar durante un tiempo. Eso fue lo mejor. Estaría en ese lugar hasta que mi hijo tuviera consciencia de los actos, y así juzgar por su propia cuenta lo que un día vi, y ya quedará en el perdonar o no. Por mi parte, siempre sabrá que tiene una madre, y yo, que un día tuve al amor de mi vida y la perdí con mi hermano.



J. Israel Serano S.

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