Hizo una pausa y se abrazó así mismo, lloró otra
vez, era inevitable no hacerlo, el miedo era parte de su piel ahora, no sabía
que le deparaba el destino, no sabía que seguía, o más bien, quien seguía. Meditó.
Miró el techo dubitativamente.
—¿Qué puedo hacer? ¿Qué
debo hacer? ¡Padre ayúdeme! —gritó mientras se ponía en pie y caminaba en círculos
por el despacho del sacerdote.
Comentarios
Publicar un comentario